El quadern dels periodistes apocalíptics, integrats, optimistes i/o solidaris

EL QUADERN DELS PERIODISTES APOCALÍPTICS, INTEGRATS, OPTIMISTES I/O SOLIDARIS

17 ene 2012

Autonómicas privatizadas

Jose Sanclemente
Que este Gobierno iba a buscar soluciones urgentes y desesperadas en los temas que menos le quitaban el sueño era algo que esperábamos. En el caso de las televisiones autonómicas estaba descontado. Lo público hoy en día es una rémora para  intentar equilibrar el déficit. Da lo mismo que sea la sanidad que la comunicación, pasando por la educación o la investigación: hay que ajustar, recortar y ahorrar en todos los terrenos. Esa es una tarea fácil en la que no es necesaria más creatividad que la de restar recursos a corto plazo sin petender a medio o largo ningún objetivo. Rajoy ha dicho que lo tiene claro, que sabe lo que tiene que hacer para reconducir  este país hacia el minimalismo que precisamos.
En el caso de las deficitarias televisiones autonómicas se ha abierto la veda. No han dicho ni cómo ni cuándo. Se supone que ya y como sea. Si hay alguien que quiere quedarse con las televisiones públicas que de un paso adelante.¿Hay alguien ahí que no esté arruinado?
Este planteamiento es diametralmente opuesto al de Zapatero, que con la reciente ley audiovisual quiso proteger la bondad del servicio público de la información. Tanto esfuerzo para nada. Lo que se cuestiona  hoy en día es lo que cuesta nuestro bienestar y parece que muchas florituras no tienen cabida.
No veo capacidad de contestación ante las medidas privatizadoras de un gobierno de mayoría absoluta y con las decisiones tomadas. No veo, tampoco, contestación ciudadana ante los cambios que se avecinan: la oposición anda refundándose y recreándose buscando su identidad y los ciudadanos bastante tienen con sobrevivir.
Ante este panorama todo vale para el PP, nada va a ser cuestionado con convicción. Somos más pobres, económicamente desde hace un tiempo, seremos más pobres espiritualmente en breve plazo. Es una suerte que equilibremos nuestra vida con nuestros recursos. ¿O no?
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16 ene 2012

Rèquiem per l''Avui'

Joan Barrera
Ha estat un treball de desmantellament impecable, fins el punt que mantenint el nom han aconseguit fer desaparèixer tot el diari. Un treball d’artesania, ben mirat, que hauria de ruboritzar a les ments més preclares de l'anomenat espai comunicacional català. La operació endegada pels responsables de l’empresa d'El Punt per engolir l’Avui mereix un punt i apart, a més d’una reflexió de quina ha estat la política de comunicació d’un país, Catalunya, que es venta de tenir una extremada sensibilitat per tot allò que fa referència a la llengua.

L’Avui, ara ja ho podem dir, ha desaparegut, encara que no hi hagi ningú capaç de firmar la seva acta de defunció. És un mort massa emblemàtic, perquè tothom en defugi la responsabilitat de posar a la història el punt i final. ¿Tan poc costa repassar la trajectòria i veure que la seva sentència de mort la van dictar aquells que injectaven, directament o indirectament, diners públics per mantenir-lo viu artificialment?

La història del primer diari en llengua catalana després de la guerra civil acaba en un estrepitós fracàs. I no per culpa dels seus professionals, com sempre les víctimes del desenllaç, sinó d’aquells que el van utilitzar per afavorir els seus interessos. Convindria fer-ne un petit recull per trobar les principals fites de molts d’aquests despropòsits, dels ajuts interessats, de com un projecte que neix amb un gran suport popular acaba allunyant-se de la realitat i convertint-se en un producte inviable econòmicament i innecessari per un país que té com un dels principals objectius la normalització del català.

No faig tremendisme, però així es podria resumir la seva història, sense necessitat de posar-hi noms i cognoms. El més sorprenent és com ha pogut arribar fins aquí. Quins mecanismes han permès allargar la seva agonia.

El cas de l’Avui és la metàfora de quina ha estat la praxis en matèria de comunicació a Catalunya que han practicat sense diferències ideològiques les instàncies públiques. L’error descomunal, que ara la crisi posa en evidència, parteix de la base que qualsevol projecte fos com fos i que tingués el català com a llengua de transmissió podia gaudir de suport públic sense mirar-s’hi massa, sense analitzar la viabilitat, ni la incidència, ni el valor afegit, ni l’aportació a l’objectiu comú d’enfortir la llengua catalana. En una paraula, tenia dret a una subvenció, encara que aquesta s’atorgués des de la irracionalitat més absoluta, sense bases objectives que la justifiquessin o des de l’amiguisme més pervers.

Convindria fer una anàlisi precisa que posés negre sobre blanc a on ens ha portat aquesta estratègia en l’àmbit dels mitjans de comunicació, per demostrar que el català no és un talismà que garanteix l’èxit sinó d’altres factors que tenen a veure amb una cultura empresarial homologable a la de qualsevol país dels nostre entorn. Això, o admetre que la subvenció, quan es fa de forma indiscriminada, sense límit en el temps, ni recolzada per un projecte que la justifiqui és la respiració assistida que embolcalla el fracàs.

Parlo de l’Avui, però és possible que en els pròxims mesos hi hagi altres exemples tan o més colpidors que aquest. Però ara no és el moment de cridar al mal temps. Hi ha massa periodistes sense feina per banalitzar un drama al que no se li posa remei.

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11 ene 2012

Crónicas sobrecogedoras

Jose Sanclemente
Alguna vez he hablado de lo que me contaban los viejos periodistas sobre las crónicas, básicamente taurinas, que antaño pagaban los apoderados y ganaderos de la fiesta nacional, con un sobre con billetes de mil pesetas al periodista de turno, que elogiaba la calidad del astado y/o la brillantez del torero.
Algo así debió hacer el ministro y luego presidente balear Jaume Matas con el periodista Antonio Alemany, ambos encausados en el caso Palma Arena. El periodista le escribía los discursos y luego elogiaba la figura del político en el diario donde colaboraba, a cambio de un sobre que salía del erario sin concurso ni taquígrafos.
La nueva fiesta nacional es hoy la de la costumbre de pagar a algunos periodistas para que asesoren a empresas privadas y de refilón coloquen una morcilla de la citada empresa en sus crónicas sobre-cogedoras.
Las rebajas en los salarios de algunos profesionales de la comunicación, producto de la crisis que viven los medios, está compensada por este sobresueldo, que los editores conocen y sobre los que hacen la vista gorda, si, a cambio, los costes de la estrella periodística es compartida. Claro que esto no es un delito penado por la justicia, puesto que se circunscribe al ámbito privado y no mete mano en las arcas públicas, como el caso de Alemany.
No es un delito, pero es feo y engañoso para el lector o el espectador que, ingenuamente, sigue creyendo en la independencia de algunos articulistas. Suerte que son los menos y se empieza a conocer sus nombres y apellidos.

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9 ene 2012

¿Quién paga la información?

Maria González
Todos estaremos de acuerdo en que hacer información cuesta dinero, en unos casos más, como puede ser la televisión, y en otros menos, Internet. Subrayo el término información porque a veces se confunde con otros términos como publicidad –que bien hecha también puede ser carísima- o mejor dicho con publicidad revestida de información. Puedo ser más explícita, en ocasiones confundimos información con la repetición más o menos inconsciente de mensajes que emiten personas o instituciones con diferentes fines. Y no creo que tener un fin u objetivo sea malo, lo peligroso es cuando se quiere ocultar a toda costa.

La información periodística en cualquier formato requiere formación y oficio. Esto no se hace sólo, alguien debe ponerse manos a la obra y eso cuesta dinero. Sí, nuestro trabajo tiene un valor y por eso nos pagan, aunque a veces parece olvidarse.

Parece que esto lo creemos sólo los periodistas y lo peor no es tan sólo que algunos empresarios lo pongan en duda y tengamos que oír frases como: “la carne de periodista va barata”, sino que nuestros clientes no lo valoren. Los que leen nuestras noticias –en cualquier soporte-, las ven en televisión o las escuchan en la radio no parece que estén dispuestos a pagar por ellas, o cada vez son menos.

Internet ha tenido la capacidad, entre otras muchas, de plantear una pregunta: ¿Quién está dispuesto a pagar por tener información?

Con Internet no se paga por la música, ni por las películas o series y, por supuesto, tampoco por la información. Pero no nos engañemos, Internet ha tenido la virtud –o al menos yo quiero verlo así- de poner delante de nuestras narices algo que hacía tiempo que venía ocurriendo: la mayoría de la gente no está dispuesta a pagar por la información, al menos, no por la información que les estamos ofreciendo ahora, con los contenidos y los formatos actuales.

Todo esto plantea una realidad humana que no quiero pasar por alto. Detrás de esto hay compañeros y amigos sin trabajo, personas que no pueden ganarse la vida con su oficio y que se han convertido en un número, en uno de esos que escribimos a diario cuando relatamos las cifras el paro. Detrás de esto hay mucha gente joven que quiere abrirse paso en el mundo del periodismo, que no saben a dónde ir o cómo conseguir que alguien les dé una oportunidad.

La mejor forma de hacer frente a los problemas es mirarlos cara a cara. Como decía antes, ocultar algo es siempre un mal asunto, por eso es importante reflexionar sin prejuicios y sin querer proteger o mantener los medios de comunicación tal y como los conocemos, porque la vida es tozuda y nos pondrá delante las nuevas realidades, queramos o no.

A partir de aquí se abre un gran campo de análisis que me veo incapaz de abordar en su totalidad, un estudio que corresponde a sociólogos, empresarios y también a periodistas y que requiere de un tiempo y un espacio amplios que sobrepasan este marco.

Pero no quiero dejar esto sólo como un apunte. Hay cosas que sí están a nuestro alcance. Empecemos por valorar nuestro trabajo, no lo regalemos. Seamos autocríticos, en la intimidad de nuestro pensamiento todos sabemos cuando algo está bien escrito, narrado, justificado, argumentado, grabado, emitido o publicado, cuando estamos informando o cuando repetimos, con más o menos gracia, lo que alguien quiere emitir.

5 ene 2012

No ploris per TVE

Joan Barrera
Mai com ara hi ha hagut tants defensors de la televisió pública, fins i tot de TVE, icona en alguns moments de la seva història de l'espanyolisme més ranci i del sectarisme informatiu sense miraments.
     Està bé que surtin a la llum tantes opinions. La viabilitat de les cadenes públiques en època de crisi i de retallades no és un tema menor i convé reflexionar-hi intensament. Però el debat no s’ha de centrar en la pervivència del concepte públic per sobre de qualsevol altre consideració, sinó en les raons que justifiquen que una societat democràticament avançada disposi d’un sistema públic de televisió al marge de les iniciatives privades.
     Ara que el govern de Mariano Rajoy ha anunciat que retallarà en 200 milions d’euros la subvenció a TVE hi ha qui s’esquinça els vestits i posa el crit al cel, com fa unes setmanes va passar per una mesura similar en el cas de TV-3. En la majoria dels casos, el final de la reflexió acostuma a ser molt senzill: al governs de dretes volen desmantellar la tele pública per beneficiar a les privades.
     Reconec que aquesta conclusió és potent, i en mans de periodistes pot tenir un ressò il·limitat. Però no és ben bé així. O no és aquesta tota la veritat, si ens fixem, per exemple, en quines van ser les iniciatives en l’àmbit de la televisió del govern Zapatero o comprovem la incapacitat del tripartit català per adequar, modernitzar i contenir la despesa de TV-3.
     L’anàlisi requereix d’una major precisió i, sobretot, no barrejar conceptes, com l’argument reduccionista de que es tracte d’un atac indiscriminat de la dreta mediàtica al sector públic.
     La percepció entre els experts en comunicació és que TVE està fent els deures en la tasca per adequar-se a un entorn de restriccions econòmiques i per adaptar-se als canvis en que està immers el món audiovisual. Els seus professionals i directius han sabut crear una cultura d’empresa, han identificat millor els interessos dels usuaris amb una aposta decidida per les noves plataformes digitals abocant recursos i continguts i han aconseguit definir una aposta informativa pròpia i creïble sense estar mediatitzada per la política. I tot això sense descuidar la promoció de sèries pròpies que triomfen en prime time i el suport al cinema.
     Queda encara molt camí per recórrer, però el pas ja està donat. I si s’ha de posar el crit al cel és per evitar que la retallada de 200 milions d’euros estronqui la feina feta.
      Sobre aquestes bases hauria de girar el debat i els professionals de la comunicació s’hi haurien d’implicar a fons, més enllà de les queixes i de les declaracions genèriques. Potser per aquesta via els ciutadans entendrien què significa disposar d’una cadena pública i si es justifica destinar diners per el manteniment.
     Centrar la discussió únicament en la subvenció econòmica sense expressar clarament què es vol fer amb els diners, o què s’ha fet amb ells, és un carreró sense sortida que no genera complicitats entre la opinió pública. Al contrari, s’interpreta com una reivindicació corporativa que anteposa el manteniment dels privilegis dels treballadors de la cadena pública a la funció de servei públic. Per això és un sarcasme respondre a la conveniència d’ajustar-se el cinturó amb l’amenaça de deixar d’emetre els partits del Barça, com fa unes setmanes va fer la directora de TV-3. ¿O potser és que no es vol explicar quans diners es destinen a les retransmissions esportives o què s’ha fet per optimitzar la gestió de l’empresa (pública)?

(http://www.joanbarrera.com/

4 ene 2012

'Público' contra las cuerdas

Jose Sanclemente
Para los que somos adictos a los diarios y venimos observando las dificultades que atraviesan, es una mala noticia que, tras el cierre de ADN, se anuncie ahora el concurso de acreedores de Público.
     Y es una mala noticia porque en el caso de Público se habían cumplido la mayoría de expectativas de calidad para hacerse un hueco en un mercado excesivamente competitivo. Hay demasiados diarios en España para soportar en competencia una cuenta de explotación positiva y, quizá, no son suficientes si nos atenemos a la información diferencial que aportan solo algunos de ellos.
     Público es un buen diario que se ha ganado la militancia y simpatía de cerca de 300.000 lectores y más de 5 millones de usuarios en su página web, pero no ha tenido la oportunidad de ganar dinero.
Calculo que el diario de Mediapubli, participado por Jaume Roures, Tatxo Benet y Toni Cases se habrá dejado en el camino una inversión de algo más de 70 millones de euros desde sus inicios en setiembre de 2007. ¿Esto es mucho  para posicionar un diario en un mercado de tanta competencia y con retrocesos en las difusiones de los rotativos?
     ADN enterrará con su cierre algo más de 50 millones, La Razón nunca ha ganado dinero desde su fundación, hace 13 años y, desde entonces, las pérdidas acumuladas rondan el centenar de millón de euros. El diario Qué, adquirido por Vocento por 132 millones, debe andar por los 150 millones de euros... y así un suma y sigue.
     Para responderse a esta pregunta hoy en día solo se puede hacer en función de las expectativas a corto plazo, ya ni siquiera a medio, porque resulta que la Banca ya no está por financiar a los medios de comunicación, como se ha visto en el caso de Público. Ni la Banca, ni tampoco los gobiernos afines ideológicamente a las cabeceras, que están soltando lastre rebajando su inversión publicitaria en mayor proporción que otros sectores de anunciantes.
     Sobre Público se hizo caer el estigma, sobre todo por la competencia, de que nacía bajo la sombra y los apoyos del entorno de Zapatero y que podría servir de moneda de cambio para otros negocios del grupo de Roures, tal y como La Razón pudo influir en facilitar la entrada de Planeta en Antena 3.
     La llamada pluralidad informativa cuesta mucho dinero. Tanto que en el caso de la prensa diaria, ajena a las fusiones entre cabeceras a diferencia de sus colegas audiovisuales, tiene que bregar en solitario contra los tiempos tecnológicos, las redes sociales, el recorte publicitario y hasta contra si mismos en un modelo informativo empresarial que se extingue sin encontrar un recambio rentable en la red.
     La solidaridad entre el sector es nula, la defensa de los intereses comunes inexistente, la mezquindad por alegrarse y publicar los achaques del competidor está a la orden del día y el desinterés de los gobiernos de todos los colores por la prensa diaria es una realidad palpable.
     La grave situación por la que atraviesa Público debería ser objeto de preocupación por parte de todos, pero me temo que los focos están puestos en otros escenarios. Salvar a un diario herido, salvar la prensa diaria, también forma parte de mi Estado del bienestar que tanto quieren preservar algunos a base de dejar caer lo fundamental.

(http://sanclementejose.blogspot.com)

3 ene 2012

Un error de una magnitud tremenda

Gabriel Jaraba
Lo ha dicho Patricia Abril, directora general de McDonald’s en España: suprimir la publicidad de TVE fue “un error de una magnitud tremenda”. Lo mismo pensamos quienes hemos trabajado en televisión pública, al ver que el gobierno de Zapatero, en sus últimos tiempos, se sacó de la manga este colofón a su errática política (por llamarle de algún modo) comunicacional. El anterior presidente entregó en bandeja a las cadenas privadas el grueso del pastel publicitario televisivo mientras los profesionales de TVE luchaban con uñas y dientes compitiendo con ellas y para conseguir –y lograr– una televisión pública estatal más independiente que nunca. Lo hizo después de un proceso de implementación de la TDT –cuando esta tecnología era ya casi obsoleta– que abrió la puerta a la televisión generalista de difusión estatal a la extrema derecha y a la baja calidad en contenidos y programación. Zapatero había sido abandonado por Prisa y buscó acomodo en un empresario simpatizante que obtuvo de él algunas licencias de TDT a cambio de proporcionarle “apoyo” con un periódico que en lugar de ampliar el registro cultural socialdemócrata nos obsequió a todos con una concepción de la izquierda que hace las delicias de quienes sueñan con la reencarnación de Bullejos, Trilla y Adame en la secretaría general del PCE y con la elevación al olimpo del reciclador de discursos de Fidel.
     La revista humorística La Codorniz publicaba una sección titulada Donde no hay publicidad resplandece la verdad, y vive Dios que los españolitos han interiorizado esa barbaridad. El comercio, que produce trabajo, prosperidad y paz, ha sido siempre despreciado por la hidalguía, también por ese remanente de hidalguía que pasa por progresía española y que abomina de los “fenicios”, cosa que explicaría en cierto modo ese substrato de antisemitismo y anticatalanismo en la izquierda sectaria española. (Para detectar indicios de esa nueva hidalguía “proletaria” préstese atención al uso de la palabra “coherencia”). Pero resulta ser todo lo contrario: donde no hay publicidad resplandece la miseria. La ausencia de publicidad en las calles y en los medios es un indicador seguro de ausencia de libertades democráticas. Punto pelota.
En estos momentos, las empresas comunicacionales asisten a un cambio de era en el que ven decaer lo que ha sido el centro de su negocio durante los últimos 150 años: los ingresos por inserción de publicidad. Muchos observadores achacan a cierta nueva “cultura de la gratuidad” la crisis de medios e industrias culturales en lugar de hacerlo a su incapacidad de inventar nuevos modelos de negocios adecuados a la nueva realidad del mercado y a la satisfacción de sus clientes mediante valor añadido al producto. Pero la cultura de la gratuidad en televisón no es nueva. Fue el propio Francisco Franco quien la propició en el nacimiento de TVE, cuando rechazó que la naciente televisión oficial se financiase mediante el pago de licencias, como en el resto de Europa, y decidió que su funcionamiento iría directamente a cargo de los presupuestos.
     Hasta la fecha, los ciudadanos han vivido con la engañosa sensación de que la televisión pública les sale gratis. En Catalunya, donde desde 1983 TV-3 ofrece un servicio de televisión pública de altísima calidad, a la altura de las grandes cadenas públicas europeas (demostrado por la infinidad de premios internacionales que han obtenido sus producciones) las sucesivas direcciones generales de la corporación pública se han encontrado con la renuencia de los ciudadanos a pagar una license fee cada vez que han sido sondeados al respecto. Y a la vez, muchos de esos mismos ciudadanos han considerado que los poco más de 40 euros anuales que la televisión pública catalana recibe de sus impuestos eran demasiado dinero, cuando apenas llegan a cubrir el 30% de su funcionamiento total.
     Con semejante falsa conciencia, que diríamos en marxista, no es de extrañar que los televidentes españoles acogieran con albricias y zapatetas el anuncio de la eliminación de la publicidad en TVE. Álvaro de la Iglesia vencía después de muerto, pero unos cuantos meses después, ahora mismo, el consejo de administración del ente público se plantea recuperar las inserciones publicitarias porque el recorte de 200 millones en el presupuesto pone a la televisión pública al borde del colapso.
     Me temo que ni con publicidad ni sin ella tienen remedio los males de las televisiones públicas. Los gobiernos derechistas de Madrid y Barcelona saben que la nueva hidalguía populachera considera a los profesionales de la televisión unos privilegiados y se complace en verles morder el polvo a manera de pobre consuelo cuando a ellos les acechan contratos basura. No es una neura mía: la propia Casa del Rey es consciente de esa mentalidad cuando difunde que Juan Carlos cobra un sueldo medio neto mensual de 12.000 euros; uno hubiera esperado de esa augusta institución, si no transparencia total, algo más que dar penita a los tontos. En  Catalunya, el equivalente de ese populismo se complace en la maledicencia en torno a la televisión pública nacional catalana, de modo que a veces parece que se es más catalanista cuanto más se desea ver por los suelos al mayor logro cultural del catalanismo contemporáneo.
     Creo que fue Einstein quien dijo que había dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y de lo primero no se sentía del todo seguro. El espectáculo de ver cerrada la televisión pública de l’Hospitalet por un gobierno municipal de izquierdas, pese a una fallida resistencia de ICV-EUiA, nos indica que quizás sea verdad que los pueblos tienen las televisiones que se merecen. De momento ya cuentan con los gobiernos que ellos mismos han votado.
(http://gabrieljaraba.wordpress.com)