El quadern dels periodistes apocalíptics, integrats, optimistes i/o solidaris

EL QUADERN DELS PERIODISTES APOCALÍPTICS, INTEGRATS, OPTIMISTES I/O SOLIDARIS

8 may. 2018

Un homenaje a las redacciones

En estos momentos en que algunas empresas periodísticas han decidido que sus redactores trabajen desde su propio domicilio personal y que las redacciones se vacíen de forma sustancial, puede resultar interesante leer el discurso de agradecimiento que la veterana periodista Soledad Gallego-Díaz pronunció el pasado 7 de mayo al recibir el premio Ortega y Gasset a la mejor trayectoria profesional. Solo un dato antes de reproducir el discurso íntegro de esta reputada profesional de 67 años: no tiene ni Twitter ni Facebook y siempre va con una libretita cuadriculada y un bolígrafo en el bolso (los subrayados del texto son nuestros). 

"Muchas gracias.

El premio Ortega y Gasset que recibo hoy es el dedicado a una
trayectoria profesional. Yo ahora soy columnista, pero eso es algo bastante reciente. Toda mi trayectoria profesional discurrió como periodista de información y reportera. Permítanme que como veterana periodista felicite a los compañeros mexicanos que han ganado el premio por la mejor historia o investigación periodística, a los que han elaborado la mejor cobertura multimedia, con la maravillosa historia de Cristina, y a los dos compañeros, David y Marcela, que fotografiaron con delicadeza, dolor y presencia de ánimo la peor noticia del año. Enhorabuena, son jóvenes periodistas y su trabajo serio, profesional, en busca de la excelencia, encarna todo lo que siempre hemos admirado en la profesión que compartimos.

Les decía que siempre he sido una periodista de información, o mejor debería decir, una periodista de redacción. Y quiero hacer aquí, expresamente, un homenaje a las redacciones.

Son las redacciones las que hacen grandes a los medios de comunicación. Formar parte de una redacción supone trabajar para un colectivo y compartir un compromiso, implica una complicidad y una misma manera de concebir esta profesión, una misma cultura y un mismo respeto por los procedimientos, las imprescindibles reglas de este oficio. Unas mismas normas, una misma voluntad. Un mismo orgullo de profesionalidad.

Los periodistas, se lo dice alguien con una larga trayectoria, no trabajamos en aislados, sino que pertenecemos a lo que algunos llaman “una comunidad de práctica”. No es un club, desde luego. Las redacciones son, como diría el sociólogo Etienne Wenger, grupos de personas que compartimos una misma preocupación y una misma pasión por algo que hacemos y que aprendemos a hacer mejor, precisamente porque lo hacemos juntos. Eso es lo más raro y magnífico de las redacciones, que lo hacen todo mejor, porque lo hacen juntos, porque respetan los mismos procedimientos profesionales, porque aprendemos unos de otros y porque colaboramos unos con otros. Porque, gracias a esa cultura compartida, sabemos identificar el buen y el mal periodismo.

Por eso las redacciones no son incompatibles con los cambios tecnológicos, por muy radicales que sean. Las nuevas tecnologías pueden ser, precisamente, el soporte que necesita la cultura de una redacción para sobrevivir. Pero es imprescindible que las dos se respeten y cooperen.

Las redacciones en las que muchos hemos pasado la vida eran las tradicionales y es verdad que en la última década la transformación ha sido prodigiosa, hasta el extremo de que esas redacciones son ahora más bien centros de noticias, que se organizan en torno a diferentes plataformas y mecanismos de difusión.

Pero eso no es lo definitorio. Lo que las define es si respetan o no su cultura profesional. Las redacciones siempre han sido laboratorios de tecnologías y campos de batalla de cambios sociales y económicos. No se hundirán por llamarse de otra manera ni por las nuevas tecnologías. En todo lo caso lo harán si pierden su respeto a los procedimientos y el sentido de su origen. Los cambios tecnológicos no tienen por qué destruir esas identidades profesionales. Es más, en realidad es imprescindible que no lo hagan, porque es eso precisamente lo que aviva la fortaleza y el empuje de los propios medios.

Los medios de comunicación más importantes del mundo tienen su propia trayectoria profesional, una cultura profesional propia y compartida y la defienden con uñas y dientes. Es lo que identificamos a veces como su alma, su personalidad. Son grandes medios que buscan la Influencia, que quieren fijar las agendas, pero no de cualquier manera, sino atendiendo al interés público. Grandes medios que hacen explícitas en sus editoriales las razones, los principios, que les llevan a jerarquizar y evaluar las informaciones de esa manera determinada y propia y que tiene redacciones orgullosas de proporcionar a sus lectores los datos exactos que les ayudaran a reflexionar, orgullosos de poner a disposición del debate común todos los datos ciertos que necesita esa sociedad.

Son redacciones que saben qué es de interés público y que no. Saben que su trabajo consiste en detectar y exponer delitos o graves fechorías. Detectar o exponer serias conductas antisociales. Proteger la seguridad y la salud pública. Evitar que los ciudadanos sean confundidos por declaraciones mentirosas de individuos relevantes o por hechos falsos difundidos masivamente.

Las grandes redacciones tecnológicamente avanzadas no necesitan usuarios, sino lectores, oyentes, televidentes. No se dirigen a personas que consumen información, sino a personas que la procesan, la comentan y la utilizan para sus propios debates. No se trata de conversar con ellos ni de convertirles en nada ni a nada, se trata de informarles, de saber qué les pasa y lo que pasa a su alrededor y buscar los motivos, el contexto en el que eso se produce. Y hacerlo, hay que insistir, de acuerdo con unas reglas, porque no se puede indagar en los hechos, nuestro principal objetivo, sin tener mecanismos de verificación. Si la sociedad quiere derrotar a las 'fake news', las grandes redes de manipulación que se han puesto en marcha a través de entornos digitales, tiene que darse cuenta de que necesita nuestras informaciones, nuestros reportajes y nuestro trabajo profesional y nosotros, comprender que necesitamos toda la tecnología de la que podamos disponer en ese camino.

Los puestos de trabajo se pueden rediseñar, como se dice ahora, su organización puede variar (por ejemplo, es imprescindible, y urgente que muchas más mujeres se incorporen en los niveles de dirección y de opinión, reservados de una manera asombrosa a hombres). Seguro que ha habido que cambiar muchas cosas y que habrá que seguir cambiando muchas otras, pero el objetivo del periodismo es y tiene que ser el mismo: convertir una multitud de noticias en información. La tecnología ha cambiado, pero la información no. La noticia, su búsqueda, su comprobación de acuerdo con unos procedimientos rutinarios, fijados y conocidos por todos, su valoración en función, exclusivamente, del interés común, sigue siendo, como diría un inglés, 'business as usual', como siempre. Como demuestran mis jóvenes colegas premiados, las informaciones tienen el mismo esqueleto que siempre, se difundan en el formato que se difundan.

Las utopías regresivas no sirven de nada. Pero tampoco sirven para mucho las utopías venideras. El periodismo ha servido a la democracia y a la sociedad y sigue siendo vital para su sostenimiento. Si de algo estoy segura es de que periodismo sigue siendo la indagación de los hechos en busca de la verdad. Y que para saber indagar en los hechos hace falta tener entrenamiento y oficio. Y eso es asunto de las redacciones. Todo lo tecnológicas que quieran y puedan ser, pero redacciones donde se realiza un trabajo colectivo y cómplice. Donde hay periodistas y se hace periodismo.

Muchas gracias."